Obuchi Tsuyu~

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Obuchi Tsuyu~

Mensaje por Obuchi Tsuyu el Sáb Mar 03, 2012 5:46 am

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Nombre completo: Obuchi Tsuyu.

Clan: Marionetista.

Aldea: Kirigakure.

Edad: 21 años.

Afición sexual: Heterosexual.

Descripción física: Tsuyu no es la típica belleza japonesa: es más que eso. Su llamativa figura de 1.77m es un oportuno combo de buenos atributos femeninos, cintura pequeña y caderas anchas, largas piernas torneadas y tobillos finos. Su piel, aterciopelada e inusitadamente nívea, se deja ver en el delicado cuello, en los hombros desnudos y en las manos, dándole una apariencia similar a la de una muñeca que amenaza con romperse al más mínimo contacto. Las apariencias engañan, ya que dicha fragilidad no le impide ser flexible y ágil a la hora de destrozar a un oponente.

Su belleza es notoria no sólo en la delgada complexión y femíneas curvas, sino también en la delicadeza de sus facciones y en la ternura aparente que transmite con la mirada. De labios tan pálidos como su piel, largas pestañas negras y mentón redondeado, conserva muy bien la apariencia que solía tener en la recientemente abandonada adolescencia. El pelo negro azabache, lacio y largo hasta los muslos, suele llevarlo suelto; éste es el aspecto más notorio de su semejanza con las sacerdotisas del folclore japonés, volviéndose su fiel reminiscencia.

Su vestimenta consiste en kimonos rojo bermellón, negro o violeta. El escote de éstos es lo suficientemente ancho como para dejar sus hombros al descubierto, y lo bastante pronunciado como para ser sugerente sin siquiera llegar a rozar lo vulgar. Las mangas ocultan sus pálidos brazos, dejando ver nada más que la punta de sus largas uñas rojas, las que más de una vez terminan desgarrando carnes ajenas en un arrebato total.

La prenda está sujeta por un ancho obi de seda negra, con varias vueltas de cordón acentuando la cintura de la mujer, y asegurando que la escurridiza tela del kimono no se zafe de su sitio. Acostumbra llevar un par de geta de madera maciza negra, por lo que suele caminar bastante lento para no descuidar la postura; en el combate suele descalzarse, obteniendo más libertad al no verse limitada por las sandalias.

Varios tatuajes grabados en su albugínea piel delatan su doloroso pasado: numerosas ramas de acebo y serpientes aparecen en su espalda desde la nuca hasta las caderas, como si una enorme mancha azul marino le carcomiera la absoluta palidez. El significado de dichos tatuajes varía según la persona que ose preguntar por éstos, siendo desconocida la verdadera historia.


Apariencia:
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Descripción psicológica: Tsuyu podría considerarse como el arquetipo de antiheroína. A falta de malos hábitos, lucha contra una forma de ser que le ha hecho la vida a cuadritos desde que tiene memoria. Es experta en sacar de quicio a todos aquellos que detestan ser ignorados, haciendo de la indiferencia su mejor compañera. Detesta llamar la atención y es precisamente por eso que prefiere permanecer con un perfil bajo que la ayuda a salir airosa de las peores situaciones. No ignora a los demás por placer o por el simple hecho de molestar: lo hace porque así lo siente verdaderamente. Los demás no le interesan en lo más mínimo, o al menos eso es lo que ella cree.

Rara vez se la ve enojada, ya que suele tomarse las molestias a la ligera. Cree que hay cosas más importantes de las que preocuparse en vez de gastar tiempo y energía despotricando por pequeñeces. Montó en cólera sólo una vez y sólo una vez será. Ha aprendido que la furia enceguece a la razón, y tal vez es por eso que evita los problemas que no puede manejar y se vuelca a la meditación budista milenaria.

Es una excelente oyente pero una mala consejera. No sabe ponerse en la piel del otro y así poder solucionarle la vida. No es que no quiera; simplemente es que no puede ya que ignora lo que es la empatía. A decir verdad, ni siquiera cree en la existencia de ésta. Es de ése modo cómo reflexiona las cuestiones: ella no ha vivido lo mismo que los otros, así como nadie ha experimentado lo mismo que ella.

La única cosa que podría estremecerla o siquiera generar una reacción en ella sería la traición. No es una fanática del régimen, de las reglas o del orden inquebrantable. El hecho es que no es tonta y tampoco indulgente, por lo que le bajará la guillotina a todo aquel que ose faltar a su confianza. El rencor nunca le ha caído en gracia pero le ha servido como motivación con tal de obtener justicia. Es muy enfocada y ambiciosa pero también realista, por lo que sabe lo que es sacrificar deseos a costa de las circunstancias.

Socializar no es de sus actividades favoritas pero no quita que pueda sostenerle la mirada a un superior o mantener una conversación fluida y amena con alguien más. A pesar de que pueda vérsela rodeada de gente, siempre terminará sintiéndose sola como si el resto del mundo del que forma parte estuviera hecho puramente de aire. Siempre ha tenido la sensación de no encajar, como si una delgada película invisible la separara de cualquier ser viviente, prohibiéndole cruzar palabra por temor a no ser oída, impidiéndole mirar a los ojos a alguien por temor a no ser vista. Éstas últimas han sido barreras que, afortunadamente, ha ido minimizando y superando con los años, pero a duras penas.

Es una joven introvertida, mal tildada de tímida ya que es capaz de decir lo que piensa en el momento justo y de la forma correcta. De pocas palabras, algunas veces suele pasar por fría y descarada, acusada de no importarle un bledo lo demás a pesar de presentar cierta preocupación por sus más allegados. Si ve que dar sermones o desplegar monólogos es realmente necesario, es capaz de hacerlo sin problemas, pero si tiene la oportunidad de evitar la sequedad en la garganta y las palabras caídas en saco roto, guardará silencio olímpicamente.

Especializaciones: Nin / Tai

Mamushka:
磁器人形。:

El mundo shinobi no lo es todo; nunca lo fue. La atención de todos siempre se mantuvo enfocada en las desgracias que sucedían frente a sus narices, en las bajas provocadas por la guerra, en las madres que velaban por el bienestar de sus hijos. Pero dentro de ese mundo existía otro, como las muñecas rusas que albergan réplicas de sí mismas en su interior, las que parecen repetirse infinitamente. A espaldas de la guerra, una población neutral sufría las consecuencias de ésta indirectamente, atrapada entre dos titanes como Konoha y Kumogakure, e incapaz de hacer nada.

De una mente cerrada, poder bélico nulo y una gran tendencia a la superstición, el pueblo vivía inmerso en una tranquilidad pasmosa y desesperante, comandado por mujeres. Como incrustadas en las grandes murallas de piedra que resguardaban el lugar, las casas daban la impresión de envolver y acechar al viajero que aparecía en la calle principal, intimidándole en señal de advertencia y haciéndole imposible la estadía dado el aspecto lúgubre del panorama. Todo estaba dispuesto alrededor de una mansión inmensa en la que se decía vivía la Matriarca, máxima autoridad del lugar, líder del movimiento religioso y cabeza de la casa Kiryuu. Hija de dicha familia, Tsuyu creció con el recuerdo de un padre ausente que terminó muriendo en una batalla y en nombre de Konoha, dejando tras de sí a tres hijas y a una esposa que estaba demasiado ocupada como para atenderle.

Lo cierto es que la niña pelinegra nació en el seno de un núcleo familiar complicado, rodeada de secretos, muerte y mentiras. Apenas recuerda sus primeros seis años de vida, suponiendo haber crecido feliz y despreocupada en una infancia relativamente fácil. Y así fue: su madre la alejaba de todo lo referente a la secta prefiriendo acudir a sus hermanas más grandes y pasar de ella. Vivió en una burbuja hasta los doce años, cuando terminó -con permiso de la Matriarca- enterándose de todo lo que sucedía a su alrededor y dentro del pueblo, dado que sus hermanas habían fallecido al salir de allí, asesinadas por shinobis.

- Cada año, una caravana de creyentes ataviados con máscaras blancas y rojas se adentra en la mansión, la cual atraviesan, cánticos de por medio, e ingresan al santuario anexo al recinto para dar comienzo a la ceremonia de la Sacerdotisa Tatuada... - musitaba la mujer fijando sus enrojecidos ojos almendrados en los de la niña, claramente devastada por la pérdida de sus otras hijas. Tsuyu no lograba tomar dimensión de sus palabras, siendo incapaz de imaginarse la gravedad del asunto y la verdad escondida detrás de algo que aparentaba ser bueno. Siempre se había convencido de que aquellos rituales eran para hacer que Dios terminara con la guerra, que se apiadara de ellos. Pero qué equivocada estaba.

Tomando un desvencijado libro entre sus manos, la mujer comenzó a leer con voz potente:
- “Encierra a una muchacha durante la luna llena en un cuarto donde no pueda tener contacto con nadie, y déjala allí por treinta lunas más hasta que su corazón se marchite…” - el rostro pálido e inexpresivo de la fémina se ensombreció, y fijó la vista en algún punto por sobre el hombro de Tsuyu, quien permanecía atenta a la lectura con suma concentración. De pronto, dos pares de manos sujetaron a la niña por los brazos y la hicieron incorporarse a la fuerza, mientras que la Matriarca le dirigía una mirada que bien podría haber congelado su pequeño corazón.

- No podemos quedarnos de brazos cruzados. ¡Debemos actuar! Ofrecer algo más valioso que simples plegarias… Estamos conscientes del sacrificio que harás. Tu gente te lo agradece. Yo te lo agradezco, hija mía. - murmuró Kurenai Kiryuu, mirando cómo la sangre de su sangre se alejaba dando trompicones por la habitación, chillando y clamando por su madre, dejando todo tras de sí envuelto en un silencio insoportable, únicamente interrumpido por los sollozos ahogados de la Matriarca.

Treinta lunas. Casi tres años encerrada en una celda de madera herméticamente sellada, cuya única conexión con el mundo exterior era una pequeña ventanita desde donde la niña contó las lunas hasta volverse una adolescente. Cuando otras sacerdotisas se acercaron para sacarla de allí, Tsuyu no tenía fuerzas, miraba sin ver y respiraba por el simple hecho de hacerlo, y fue llevada a un cuarto aparte donde se acostumbraba tatuar a las jóvenes antes del ritual, en el que fue tumbada boca abajo y pinchada repetidas veces hasta la inconsciencia. Al despertar, un amplio mejunje azul de culebras y ramas resquebrajadas adornaba su tersa espalda, marcando el comienzo de la última etapa de su corta y apacible vida. O eso creía.

El santuario era una enorme cueva de piedra azulada del tamaño de la mansión, en cuyo centro se alzaba un altar con cientos de velas blancas encendidas; en formación, cinco sacerdotisas de yukata blanco y hakama rojo se encontraban a ambos lados del portón de entrada bajo largas guirnaldas de papel, mientras que, ataviada con un inmaculado kimono níveo, Tsuyu aguardaba en el altar con expresión ausente. La espera no le afectó en lo absoluto: el portón bermellón se abrió de par en par y una multitud de hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, se adentró lentamente en las frías entrañas de la cueva en penumbra. Aquello parecía un mar albirrojo, desconcertante y fascinante a la vez. Las máscaras más cercanas al altar resplandecían levemente ante la tenue luz de las velas, mientras que la oscuridad iba consumiendo las que seguían entrando a paso aletargado en el santuario.

Kurenai, vestida de negro y con suma solemnidad, se paró de espaldas a su hija mientras se disponía a dar inicio a la ceremonia que estaba por presidir. La muchacha apenas podía mantenerse en pie, pareciendo una simple muñeca de tamaño natural rellena de vellón que se sostenía por pura suerte. Un discurso vacío, carente de coherencia, códigos o sentido, llegaba a los oídos de la pelinegra como un zumbido molesto que había que acallar. Pero no le quedaban fuerzas. Su menudo cuerpo se desvaneció frente a cientos de personas, las cuales se limitaron a emitir un gritito ahogado mientras la muchacha yacía de costado y con los ojos entrecerrados.

“Encierra a una muchacha durante la luna llena en un cuarto donde no pueda tener contacto con nadie, y déjala allí por treinta lunas más hasta que su corazón se marchite. Deja que la simple imagen de la luna quede grabada en su retina, y luego llévala a la Cámara de las Agujas y procede con el grabado. Como ofrenda de lágrimas, ella llevará consigo el dolor de toda una generación tatuado en su piel como acebo y serpientes, ahuyentando todo mal y trayendo prosperidad. El corazón de la Sacerdotisa Tatuada no debe alborozarse. No debe ser capaz de amar más. No debe ser capaz de perdonar.

Por eso, ella deberá volcar hasta el último de sus sentimientos dentro de un espejo, y lo romperá para anunciar que ha abandonado todas sus ataduras con este mundo, que está lista para entrar al siguiente e interceder por nosotros ante Dios. Ata sus pies y manos y lánzala al Abismo Infernal, de sus aguas resurgirá como una enviada de Dios y protegerá todo lo que se resguarde bajo su manto de piedad”.


La visión desenfocada le permitió ver cómo un individuo se escabulló de entre los presentes, se acercó a ella haciendo caso omiso de la presencia de la Matriarca y cayó de rodillas a su lado quitándose la máscara roja. Y fue entonces cuando la muchacha sucumbió al llamado de Morfeo en brazos del joven que la había salvado de la peor de las muertes, prometiéndose a sí misma que nunca volvería a ese lugar.

-

Establecida en la vecina Konoha, Tsuyu se hizo de información sobre su padre gracias al Kage de la aldea, quien se mostró conmovido en un principio al conocer a la hija menor del que hubiera sido su mejor hombre. Té de por medio, la pelinegra tuvo el placer de conocer más sobre su propia procedencia, descubriendo que Obuchi Date había nacido y crecido en la Aldea de la Arena donde se entrenó como ninja desde temprana edad, para luego trasladarse a Konoha durante la vigencia de una alianza entre ambos países. Queriendo seguir los pasos de su padre, Tsuyu accedió a tomar un entrenamiento intensivo a los dieciséis años que la llevó a descubrir su verdadera naturaleza: no sólo contaba con las mismas habilidades de su padre para con el ninjutsu -según el Hokage-, sino que halló algo más durante su estadía en Konoha: el apartamento que antaño le perteneciera.

Un inmenso monoambiente dividido por biombos de papel recibió a Tsuyu cuando se adentró en el recinto. Un leve aroma a moho y alcohol se le impregnaba en la piel como un parásito, delatando el paso del tiempo por el que solía ser el refugio soñado de su padre. Era acogedor; todo estaba impecable tal y como Date lo habría dejado antes de morir, con el futón aún guardado prolijamente en un armario. Pero al mirar más detenidamente detrás de uno de los separadores, la pelinegra encontró la que más tarde sería su vocación y máxima destreza. Una precaria mesa de trabajo incrustada a la pared yacía bajo un estante que contenía infinidad de piezas de madera de todos los tamaños. A los lados del pesado tablón, grandes cajas contenían amasijos de tela hecha jirones, algo que parecían ser cabellos apelmazados y más madera, formando un entrevero poco decoroso que despedía una fresca fragancia a lavanda.

Presa de la curiosidad, Tsuyu se acercó a ellas y aguzó la vista todo lo que pudo, llevándose una gran sorpresa: la cabeza de una muñeca le clavaba la vista desde dentro de uno de los contenedores, envuelta en una manta fina y embebida en el perfume que tanto había llamado su atención. Metió ambas manos por debajo de la tela y levantó el pequeño cuerpo de la que parecía ser una niña de escasos años, aparentemente frágil. Sobre la mesa de trabajo, ubicado en una esquina y cubierto de polvo, un portarretratos bastante viejo lucía la foto de una infanta pálida, de grandes ojos marrones y lacio cabello negro, que le sonreía dulcemente a todo aquel que observara la imagen con detenimiento.

Fría e inmóvil como un monolito, Tsuyu fijó sus orbes rasgados primero en el portarretratos y luego en el rostro regordete de la marioneta mientras se tanteaba el suyo con la yema de sus temblorosos dedos. Su labio inferior comenzó a temblar violentamente. Estaba sosteniendo a la inocente niña que amó a su padre más que a nada en el mundo, a la que lloró un río entero al no verlo más, a la que se arrepentía de no haberse despedido debidamente de él. Se desplazó hasta la puerta corrediza de papel traslúcido, cayó de rodillas sobre el piso de tatami y rompió en llanto con pesar, sosteniendo a la muñeca sobre su regazo y derramando amargas lágrimas sobre su pequeña cabeza.
_

El destino la ha dejado vivir apaciblemente en Kirigakure, bastante alejada del lugar donde sus penas se originaron como una epidemia. Juró no volver a Konoha nunca más, ya que eso implicaría una inestabilidad emocional importante en ella, reviviendo la pérdida de Date una y otra vez hasta el cansancio. En cambio, prefiere quedarse en su nueva casa, en su palacio de agua y niebla, protegida de los males que acechan con arrebatarle la tranquilidad y el juicio, y dispuesta a pelear por la patria ajena que tanto la ha ayudado a sobrellevar su historia.

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Re: Obuchi Tsuyu~

Mensaje por Niikura Ryuuji el Sáb Mar 03, 2012 5:55 am

Excelente ficha, Tsuyu. Está aceptada.

Bienvenida a Kirigakure.





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Esta firma me trae buenos recuerdos. xD

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